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"Viaje al pueblo más pobre de Colombia" Crónica desde Paimadó, en Chocó

Por: ALFREDO MOLANO BRAVO 
Fotografía: CAMILO ROZO

SoHo envió al cronista Alfredo Molano al pueblo que, según el Dane, es el más pobre del país. Crónica desde Paimadó, en Chocó, para corroborar si las estadísticas del gobierno reflejan la realidad.
Viaje al pueblo más pobre de Colombia. Para llegar a Paimadó desde Quibdó hay que tomar una lancha por el río Quito. De ida toma dos horas; de regreso, tres. 


Si de pobreza se trata, nada más razonable que ir a buscarla a Chocó, una región a la que —nos han dicho— el país le ha dado la espalda. No solo es un departamento pobre, sino paupérrimo, miserable. Los niños se mueren de hambre, las mujeres encargan niños y niños, no hay escuelas ni acueductos. A la carretera —no se puede hablar en plural— se le caen las montañas día de por medio. Con esa imagen, y con la idea conocer el pueblo supuestamente más pobre del país, volé con Camilo Rozo, el fotógrafo más versátil que conozco, a Quibdó. Cuando el ruido monótono del motor del avión cambió, y se dispuso a tomar pista, la niebla que envuelve en las mañanas la selva horizonte ya había alzado el vuelo y los árboles, gigantescos, poderosos aún, se podían ver con claridad. También los ríos, los muchos ríos que se esconden bajo la espesura de verdes o corren desafiantes a cuerpo abierto. Hoy la mayoría, aun los que nunca se veían, se ven. O, mejor, se distinguen, porque ahora todos son amarillos, anaranjados, ocres.

El pueblo más pobre de la región, más pobre del país, se llama Paimadó. Las estadísticas del gobierno dicen que el 93,8 % de sus habitantes sufren de necesidades básicas insatisfechas (NBI), una sigla que se oye como si se tratara del nombre de una infección incurable. La “metodología” fue elaborada en los años setenta por Naciones Unidas, a pedido del Banco Mundial, para tener criterios objetivos para hacer préstamos a los países; para brincarse las clasificaciones arbitrarias, subjetivas, interesadas, de los gobiernos. La cifras se obtienen con una encuesta hecha por el Dane: miran los pisos y las paredes de las casas, miran si hay cuerdas de luz, si hay tubos de agua, si hay clínica, si hay colegio, y se sientan, suman y restan y pronuncian su veredicto. Tengo la sensación de que muchas de las estadísticas se hacen con un procedimiento non sancto que llamábamos en la facultad de Sociología piedra amarilla y que consistía en sentarnos y llenar el formulario sin preguntar nada. En general eran estudios contratados por los gringos, y nosotros, estudiantes, éramos antimperialistas puros. Sin embargo, Planeación Nacional trabaja con esas cifras y con ellas asigna recursos; también las usan los gamonales para saber cuántas tejas de zinc necesitan repartir para comprar votos.


Quibdó es a la vez dos ciudades: una hecha de tabla y otra construida de cemento armado; la primera, popular; la segunda, hecha para derrotar la selva, que no da el brazo a torcer: renace en los techos, se prende en las paredes; cualquier resquicio es aprovechado por líquenes, helechos, yarumos, para cumplir su deber natural. Las calles son estrechas para que, salvo a mediodía, haya siempre un lado de sombra por el cual no hay necesidad de paraguas, un artilugio que todo el mundo lleva, contra la lluvia o contra el sol. Si las NBI se estimaran por paraguas per cápita, quizá solo Istmina le ganaría el primer puesto a Quibdó. Tiene fama de ser una ciudad con el más alto índice de corrupción administrativa. De los acaldes no se pregunta qué han hecho, sino cuánto tienen. Quizá Zulia Mena, la actual mandataria, escape a la regla y siga de bluyines y viva en una casa de tabla.

Es además una ciudad ruidosa, muy ruidosa. Nadie se limita a oír música sino a sentir en la piel la frecuencia de los decibeles. Más grave, ya no se oye casi salsa —¡ni siquiera de Niche!—, sino un horripilante vallenato llamado ranchero, hecho a gritos y difundido por el paramilitarismo. Menos mal Leandro Díaz murió sin oír ese horror. Para completar el cuadro, la ciudad está en construcción. Frente al hotel donde nos alojamos, la Policía está construyendo un gigantesco cuartel, solo unos centímetros más bajo que el de la Fiscalía, que tiene15 plantas. La catedral, que dominaba el dosel del pueblo hace unos años, es hoy una construcción anónima. 

No lejos del edificio de la Fiscalía y al lado de un Centro de Atención Inmediata de la Policía Nacional, el Ministerio de Medio Ambiente estacionó cinco dragas confiscadas por explotación ilegal de oro en el río Quito, que desemboca frente a Quibdó. La mayoría era de empresas brasileñas. Duraron un mes ahí fondeadas y después, pieza a pieza, las fueron desarmando y pieza a pieza rearmando en sus sitios de trabajo en el río, de donde las trajo con miles de trabajos el ejército nacional. Después, nadie, salvo el presidente de la república, volvió a hablar de minería ilegal. En Chocó ese término es un chiste flojo.


De Puerto Arenero, donde estaban las dragas confiscadas, nos embarcamos en una panga, una lancha con un motor de 200 caballos. Los pasajeros van llegando poco a poco, sin afán, cada cual con su morral. Las maletas ya casi no se usan. Hacen equilibrio en la proa, se prenden de un tubo de la cabina, caminan como equilibristas por el borde y caen con una precisión asombrosa en el sitio que les toca. Hay siempre un ambiente festivo y animado en la canoa; todos los pasajeros se conocen; en realidad, se reencuentran después de haberse despedido cuando atracaron en el puerto. Hay unos puntos suspensivos entre una y otra cosa, que se llenan cuando están de nuevo sentados esperando a que el motorista aparezca. Nosotros, los forasteros, nos sentamos en silencio. Alguien cuenta que en el banco le hicieron un préstamo con tan solo el nombre; otro, que su mujer mejora en el hospital; la tercera, que están pagando el grano de oro a 12.550 pesos. Un negro grandote —a la mayoría no les suena excluyente ni ofensivo el término negro y lo prefieren a ese eufemismo de afrodescendiente— comenta burlón que se perdieron en la gobernación 5600 bultos de cemento y 20 toneladas de varilla destinados a los desplazados. Alguien dice: “Pero a mí no me dieron ni una libra de cemento, ni una sola varilla”. Una mujer se queja: “A mí me echaron el pollo frito y no asado, como lo quería”. Uno más le grita a un compadre que lleva un gajo de bananos: “Baboseño, ¿qué llevas”. La comunidad, que es un organismo como una colmena, se va recomponiendo en la chalupa. A la hora de zarpar todo es una fiesta. El motorista acelera a fondo; la panga se para en la popa, da una vuelta forzada y toma rumbo al suroccidente buscando la boca del río Quito. El viaje comienza lleno de promesas.

La selva de Chocó parece intacta, pero los negros saben que la han entresacado a fondo. La madera fina se acabó. Quedan pocos árboles que pagan el costo de cortarlos, trozarlos y sacarlos a los aserríos. No obstante, hay aún cuatro o cinco que trabajan a media marcha. En los sitios donde se ha cortado una mancha de abarco o de cedro nace una palma ligera, delgada, alta, llamada en el Amazonas milpé y aquí murrapo. El tránsito de pangas, barcas, canoas y aun potrillos es intenso. Por los ríos se mueve en estas regiones lo que los pueblos tienen. El primero que cruzamos es Guayabal, un caserío orillero de casas pintadas con colores fuertes y combinados, alegres, tal como son los vestidos de la gente de Chocó, mitad negra, mitad india. La gente del pueblo no le teme al color ni a las combinaciones consideradas escandalosas. Hay otro aserrío pequeño y muchos corrales y muchas trincheras —trampas hechas de caña fisto— para capturar los peces, que son tres: barbados, doncellas y bocachicos. Son construidas en las orillas y cuando el río crece, los peces encuentran las puertas abiertas. Cuando las aguas bajan se topan con las puertas cerradas, aunque tienen las panzas llenas de malanga, de yuca, de arroz, de maíz o de achí, que son los cultivos de los que viven las comunidades.


Veinte minutos de viaje, y cuando el ruido del motor comienza a producir una ensoñadora modorra, aparece la primera draga en plena actividad. Es una barca grande, llena de motores en el primer piso: en el segundo viven los trabajadores y el administrador. Tienen por debajo uñas de acero que desbarrancan las orillas o cavan el fondo del río; una poderosa aspiradora chupa el material suelto y lo echa en un depósito donde se muele, se le echa mercurio, se lava y se bota por un canalón donde en un paño grueso y áspero queda el oro atrapado por el mercurio. El material estéril, es decir, ya “lavado”, es expulsado por las dragas por unas compuertas que parecen fauces. Por eso, sin duda, la gente les dice dragones a estas grandes máquinas. El material que botan es cascajo, o ‘piedra colada’, como lo llama la gente, y apilado en la orilla del río crea montañas de escombros que estrechan su cauce. La alcaldía de Río Quito, cuya cabecera es Paimadó, ha logrado negociar con los dragueros dos cosas: que el cascajo sea extendido sobre la orilla con una retroexcavadora y que sobre él se siembre una especie maderable de moda, la acacia magnum, muy rentable y que sin duda terminará siendo explotada por el municipio. Una draga puede sacar 2 o 3 kilos de oro por semana, dicen los que conocen y han trabajado en ellas. Total, 100 kilos al año por draga. El país produce unas 50 toneladas al año. Las montañas de piedra lavada son testigos del oro que se saca. Y sobre ellas, el yarumo insiste en cumplir su función de cerrar las heridas que el hombre abre en la selva o al pie de los ríos.

En San Isidro y La Loma hay otras tantas dragas que trabajan día y noche. Allí, Camilo y yo ya hacemos parte de la comunidad. Todos los viajeros saben a qué vinimos y nos cuentan lo que ya ni preguntamos: que los dueños de las dragas son brasileños o paisas; que tienen armas; que colaboran con los consejos comunitarios ancestrales, una figura de sujeto colectivo de derecho creada por la Ley 70 de 1993, y que se pasan por la faja el Convenio 169 de la OIT del 89 —vinculante desde el 92—, que obliga al Estado a la consulta previa, libre e informada.


Sin preámbulo, sin anuncio, aparece de golpe un malecón alto en cemento armado y coronado por una baranda amarilla. Es Paimadó. Tendrá apenas 2000 habitantes. Crece también a lo largo del río. Al desembarcar, dos policías nos esperan. Nos preguntan quiénes somos y a qué venimos. Camilo, hombre civilizado, les explica. Yo les paso la cédula sin mirarlos. Son paisas. Más aún, son los únicos paisas que hay en el pueblo. Luego sabremos que por aquí nunca hubo cultivos de coca, nunca hubo vacas, nunca hubo guerrillas, nunca hubo paramilitares. La única vez que el ejército vino fue a llevarse las dragas confiscadas. No había duda, llegábamos a un pueblo extraño. A la hora del desembarco estaba desierto.

Dos horas después, una vez lo hubimos recorrido mirando sus casas, todas parecidas, todas limpias, todas modestas, comenzaron los paimadoseños a salir a la calle. Primero, las muchachas a jugar bingo en el parque principal —una esquina, sin estatua de Bolívar—. No supimos por qué solo lo juegan las muchachas, que por lo demás se arreglan el pelo con cuentas de colores; son mujeres pequeñas, ágiles como gacelas, y de ojos vivos y burlones. Las de más edad, con hijos y nietos, juegan parqués marcando el movimiento de las fichas con afirmación; los hombres juegan, silenciosos y cautos, naipe. Las niñas juegan descalzas sobre el cascajo botado por las dragas cuando pasaron, un extraño juego, jermi, que es una mezcla de softball con cuclí. A los niños, a veces, las niñas les permiten jugar un rato.

En la orilla del río había varias mujeres ancianas rodeadas de niñas adolescentes que trabajaban el mazamorreo con canalones y bateas de madera. Inclinadas sobre la cintura, llenan las bateas con material —que por lo demás ya ha sido lavado por los dragones— y con gotas de mercurio separan la escarcha de oro de la jagua. A veces, junto a la jagua queda el platino —oro muerto— que sacan baboseando la jagua con agua de guácimo. Trabajan al sol todo el día para sacar, en el mejor de los casos, dos granos de oro, que pesan como dos granos de maíz ancestral y que equivalen a 2 gramos. Tres granos hacen un tomín y ocho tomines, un castellano, que cuesta 280.000 pesos. Gramo más, gramo menos, para sacar un castellano, una mujer necesita un mes. Esta cifra fue para nosotros mucho más significativa que las que fabrica el Dane sobre NBI. Una anciana que le saca al río tal cantidad de pesos oro mensual está mucho mejor que las viudas de las víctimas, que reciben 180.000 al mes. El río, para el pueblo, todo lo trae, pero también todo se lo lleva y por eso se bota la basura a canecada limpia en sus orillas. De donde, de paso, la gente ha aprendido a sacar el mercurio, ese que arrastran sus aguas y que no es poco. El mercurio liga no solo el oro, sino se liga entre él mismo. Este beneficio marginal de la minería tiene un efecto devastador: acabó con la pesca. El río, que antes era cristalino y ofrecía pescado en abundancia, hoy es otro río amarillo en el que cada día es más pobre la vida. No obstante —lo escribo con dolor—, a la gente poco le importa porque con lo que el oro les deja pueden comprar no solo bocachico importado de Vietnam, sino carne de Argentina. Por la misma razón que se dejó de pescar en el río, se dejó de sacar madera: el oro da, todo lo quita, para todo sirve, hasta para llevar las almas al paraíso o sacarlas del infierno.

Nosotros traíamos lo que se llama una flecha, que no es solo un celular, sino también un dato: el señor Catalino es el hombre más rico del pueblo. Era necesario conocer la realidad de esta posición. La deducción superficial de lo que íbamos viendo nos hizo pensar que un pueblo que se dedicaba en las tardes a jugar y en el que las ancianas ganaban 280.000 pesos mensuales no era pobre. Por tanto, el más rico debía ser riquísimo, una especie de sultán criollo. Y nos dimos a buscarlo.


No fue difícil encontrarlo. Se balanceaba en una silla momposina, conversando con un amigo. Es profesor de primaria, lo que significa, en plata blanca, que sabe tanto matemáticas como gramática; geografía tanto como catecismo. Y los niños no tienen aula propia; todos están en el mismo espacio y con el mismo maestro. ¡Como debe ser! Catalino era el mismo pasajero que había comentado que en Quibdó estaba solicitando un préstamo por diez millones. Y así nos recibió: “¿Ustedes creen que si yo fuera rico estaría pidiendo un préstamo de diez millones para ampliar la tienda”. El argumento era fuerte y la tienda, pobre: unas botellas de aguardiente y otras de ron; un congelador con cerveza y gaseosa, y media docena de sillas de plástico. Para un profesor de primaria, un negocio complementario. Pensamos que estábamos equivocados de persona; ricos tenía que haber, y muchos.

En Paimadó, el oro sale, pero la plata llega al mismo ritmo. Los dueños de las 25 dragas lo recogen por bultos, pero también a escala mucho menor lo perciben los consejos comunitarios creados por la Ley 70. Los empresarios negocian con los consejeros mayores el permiso para catear las orillas de ríos y quebradas; si encuentran yacimientos rentables, les ofrecen una cantidad fija de dinero. Hay regateos, negociaciones, y creo que siempre llegan a un acuerdo porque a las dos partes les conviene. Los testimonios dan cuenta de que los consejos suelen recibir el equivalente al 10 % de las 2 libras de oro calculadas por “sitio”. Es decir, 100 gramos. Si 24 gramos, un castellano, cuestan 280.000 pesos, 100 gramos cuestan 1.600.000 pesos por draga, que multiplicados por 25 serían casi 40 millones de pesos que reciben semanalmente los consejos. ¿Qué hacen con ese dinero los consejeros? En el pueblo, por ahora, han comprado una carroza funeraria y una volqueta, y quieren negociar un título minero. 

En las utilidades de las dragas también participan las familias que han cultivado desde siempre un globo de tierra y cuyos límites son ancestrales. Las familias, sobraría decirlo, son extensas, es decir que se componen de un número variable de familias nucleares y por tanto la suma se debe dividir por el número de cabezas de estos núcleos. Así, una familia extensa puede tener 100 miembros y si han negociado con el administrador de la draga por diez millones semanales, a cada miembro le podrían corresponder unos 100.000 pesos semanales. Casi un salario mínimo legal por persona. 

Es la razón por la que el pueblo no es pobre y por la que, al mismo tiempo, basada en reglas ancestrales respetadas por toda la comunidad, la distribución de las ganancias que corresponden tanto a los consejos como a las familias es relativamente equilibrada. Catalino es famoso por ser el maestro que ha enseñado a todo el pueblo a leer, escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir. Pero no es un hombre rico, ni mucho menos. Cuando le preguntamos si era el hombre más rico de Paimadó, se rio, se echó para atrás en su mecedora y nos dijo: “Ni digan eso, que el día de mañana me secuestran en Quibdó y ¿con qué pago”. Ni hablar más. No hay un hombre mucho más rico que los demás en el pueblo gracias a que las leyes ancestrales, de un lado, y la generosidad de la naturaleza, de otro, han hecho de Paimadó un pueblo rico donde no hay ricos.

FUENTE: 
Publicado 2013-08-28

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